Capítulo I
Sofía
Martes 9 de mayo.
Querido diario,
Mañana es mi cumpleaños, 18 años... quién lo diría. Esto sólo significa que mi padre me reprochará el no haberme casado aún, puesto que la tradición de la familia real es casarse a los 16. Lo odio, odio tener que casarme por conveniencia, odio la falsa sonrisa que me muestran los príncipes y nobles que vienen a pedir mi mano. En muchos se puede ver tras esa sonrisa arcaica sus verdaderas intenciones.
Por si no era suficiente con aguantar a los pretendientes que vienen un día sí y otro también, mañana se celebrará un baile en mi honor. Estaría ilusionada por la fiesta de no ser porque vendrán mil y un pretendientes a pedir mi mano. Suerte que mi padre respeta que la decisión sea mía, aunque auguro que no será para siempre.
Extraño tanto a mi madre... si ella estuviera aquí todo sería diferente, todo ha cambiado desde que se fue.
Cerré mi diario con un suspiro y me permití recostarme en la silla de mi escritorio mientras observaba su ornamentación, se trataba de uno de los últimos regalos que me había hecho mi madre antes de morir, y era hermoso. Una capa fina de terciopelo azul recubría toda su envergadura, en la portada, justo en el centro, había una fina rosa en relieve tallada a mano en plata. Podría desprenderme de todas y cada una de mis posesiones menos de ese diario, ahí no solo está escrita la historia de mi vida sino también guarda una pequeña parte de mi en cada entrada.
Me levanté dejando el diario sobre la mesa, acercándome a mi balcón y, el frío primaveral, salí dejando que la oscuridad de la noche me cubriera por completo. Busqué en el cielo lleno de estrellas mi constelación favorita, lo que me llevó un rato encontrarla, pero al final la hallé. La hermosa constelación del cisne. Cada vez que la observaba me imaginaba volando libre de ataduras, en un bello estanque junto a los elegantes cisnes, preocupándome sólo de las cosas más esenciales de la vida.
Parecía que estaba hipnotizada por las estrellas, pues me había quedado unos cinco minutos mirando las estrellas, me dejé llevar tanto por mis pensamientos que había terminado muerta de frío. Suspirando volví a entrar en mi habitación y cerré las puertas de cristal. Temblando aún de frío me metí en mi cama y tapada con el gran edredón me dejé llevar lentamente al mundo de los sueños.
Extraño tanto a mi madre... si ella estuviera aquí todo sería diferente, todo ha cambiado desde que se fue.
Cerré mi diario con un suspiro y me permití recostarme en la silla de mi escritorio mientras observaba su ornamentación, se trataba de uno de los últimos regalos que me había hecho mi madre antes de morir, y era hermoso. Una capa fina de terciopelo azul recubría toda su envergadura, en la portada, justo en el centro, había una fina rosa en relieve tallada a mano en plata. Podría desprenderme de todas y cada una de mis posesiones menos de ese diario, ahí no solo está escrita la historia de mi vida sino también guarda una pequeña parte de mi en cada entrada.
Me levanté dejando el diario sobre la mesa, acercándome a mi balcón y, el frío primaveral, salí dejando que la oscuridad de la noche me cubriera por completo. Busqué en el cielo lleno de estrellas mi constelación favorita, lo que me llevó un rato encontrarla, pero al final la hallé. La hermosa constelación del cisne. Cada vez que la observaba me imaginaba volando libre de ataduras, en un bello estanque junto a los elegantes cisnes, preocupándome sólo de las cosas más esenciales de la vida.
Parecía que estaba hipnotizada por las estrellas, pues me había quedado unos cinco minutos mirando las estrellas, me dejé llevar tanto por mis pensamientos que había terminado muerta de frío. Suspirando volví a entrar en mi habitación y cerré las puertas de cristal. Temblando aún de frío me metí en mi cama y tapada con el gran edredón me dejé llevar lentamente al mundo de los sueños.
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